Permiso de paternidad

Cuando nace un gaditano, nace un claro de la luna”. Pues por eso, en pocos días, voy a concederme un permiso de paternidad paralelo al que me concede la escuela pública. Como comprenderán, no voy a restarle tiempo y dedicación a los primeros meses de mi nuevo hijo salvo para lo estrictamente profesional, porque comer, lo que es comer, tendremos que seguir haciéndolo tres veces al día. Y ahora seremos uno más.

No voy a poder cambiar todas las circunstancias de mi entorno porque es inútil luchar contra molinos de viento. El capitalismo salvaje, la democracia corrupta, el ascenso de las derechas, el consumismo, el conformismo de las clases más desfavorecidas, la falta de inquietudes y valores espirituales de las nuevas generaciones, el desprecio por el arte y la cultura, la sublimación de la ignorancia voluntaria, la hipocresía creciente, el cinismo social… con tanto no puedo. Espero, no obstante, ser capaz de limitarme a blindarlo con un cordón amoroso que lo proteja de tanto tóxico como me sea posible. Y es obvio que entre esa toxicidad me toca de cerca la del Concurso del Falla como un gas contaminante de mi serenidad. He dicho “Concurso”, conste, no Carnaval

Del carnaval —del otro, del que yo sigo entendiendo así—seguiré siempre siendo el mismo enamorado que fui desde niño. Pero el Concurso del Falla —gane, empate o pierda— me inunda de más veneno y hastío que de placer y entusiasmo; máxime con el progresivo empeoramiento del formato actual. Celebro que haya quien lo siga disfrutando, pues, al no compartir mi situación, puede que su toxicidad no le afecte. Bendita su gloria. A los aficionados con los que hablo siempre les aconsejo que se queden ahí, donde están ahora, que no entren, que no den un paso más… si quieren que les siga atrapando su encanto. Pero en mi situación, la única solución posible pasa por no desgastarme más dejándome arrastrar por la corriente. Cuando la corriente es más fuerte que yo (y ésta, hoy por hoy, lo es), mi única posibilidad de redención es agarrarme a una roca y ponerme a salvo… y seguir contemplando la belleza del río sin dejar que me arrastre su caudal, que una cosa no quita la otra.

Esto ya lo he hablado con mis grupos y —realmente— no sé si lo comprenden y hasta qué punto, o si simplemente lo aceptan… entre otras cosas porque no tienen más remedio que aceptarlo. Cuando miro a la guitarra y la veo como a la caja de las herramientas, mal asunto. Y ustedes, queridos lectores, no es necesario que piensen más allá de estas líneas, que a claro y transparente pocos me ganan: lo de “Er Chele” no ha sido el chorro que ha hecho rebosar la alberca (“no me se vaya a esquivocá: lostoy disiendo de verdá”). La alberca estaba a punto de rebosar igualmente. Sin tal chorro, la decisión estaba tomada por el único motivo descrito en el primer párrafo Y POR NINGUNO MÁS. Aunque si el primero es suficiente, el segundo lo hace necesario. Por eso me pegué el doblete este año, porque sabía que era el último en el que podría y querría hacerlo.

La pregunta maldita es hasta cuándo me durará el permiso de paternidad. A lo mejor mañana digo lo contrario. Pero por mi bien y el de mi familia, ojalá me dure. Eso será síntoma de que vivo mejor y sin echar de menos nada de mi vida (falta de vida) actual. Al fin y al cabo, en carnaval ya he hecho casi todo lo que quería hacer y, por mucha pasión que me desate, espero no caer en su trampa (el Concurso) de la misma manera que hasta ahora y convertirla en una perpetua condena autoimpuesta. Volveré cuando me sienta más fuerte que la corriente, cuando se me apetezca, cuando tenga alguna historia más que contarles… si entiendo que la historia pueda de ser de su gusto e interés.

A ustedes, los que se quedan, solo les deseo mucha suerte, que les va a hacer falta. Hace años que nos vienen avisando de que esto empieza a dar tumbos incontrolables, que —aunque unas horas al año seamos TT mundial del mundo— vamos perdiendo todos los que hacemos el Concurso, autores, público, grupos, promotores, televisiones… todos menos Seguridad Social y Hacienda. Cuando gana el Estado pierde el pueblo, por definición. El carnaval era patrimonio del pueblo, pero no sé si están advirtiendo que ya es patrimonio de las instituciones (salvo el único real, el de la calle). Vayan tomando notas si tanto les sigue gustando esto. Que unos cuantos —entre los que hoy me incluyo— ya hemos tomado las nuestras.

¿Esto es un adiós? No. Cuando me voy para siempre no digo ni adiós. Esto es un permiso de paternidad… si paternalmente me lo permiten. Gracias.

 

JUAN CARLOS ARAGÓN